Iborra como síntoma



Hace ya varias semanas que se nos fue el capitán, a Iborra me refiero lógicamente, y aunque pueda parecer que este artículo llega un tanto tarde se escribe en el momento oportuno después de los últimos acontecimientos.

No le dedicaré mucho tiempo al tema de moda, pero hemos asistido una vez más a la degeneración del fútbol moderno al que parece que no le han vacunado de dignididad ni de vergüenza. Pero si hay algo que aprecio de este deporte y de la vida, es la capacidad que tiene para cruzar caminos y lo que hoy son desmenbrados puentes mañana no serán ni barcazas con las que cruzar de la orilla de la desfachatez a la del menosprecio.

Como contrapunto de todo hay un nombre que es el de Iborra. Un señor cabal, respetuoso y profesional. Uno de esos linces que el fútbol está empeñado en extinguir.
Se nos marchó otro capitán musculado por tantos títulos que de forma literal o metafórica levantó en el vestuario sevillista. Larga vida a aquellos que amoldaron el brazalete al brazo que ejecutaba sevillismo.

Iborra era ese gigante que fue alargando su sombra hasta convivir en las cercanías del área. Era el muro en defensa y el tanque en ataque pero más allá de lo que hizo sobre el campo está lo que se encargó de hacer fuera de él. Fue capaz de sentir la capitanía en los momementos más crueles, en aquellos días donde lo mejor era relativizarlo todo, ahí estaba su figura.

Iborra como antes Martí o Coke son esos futbolistas que hacen que nos congratulemos con este deporte porque convierte a los futbolistas en personas, los normaliza y aunque los mantenga en la semiclasdestinidad futbolística, aparecen tras los matorrales secos del fútbol para humanizar a las estrellas, liquidar a los serafines mediáticos y emulsionar nuestro fanatismo sevillista con su testimonio de fe a unos colores que, sin ser los suyos en origen, han penetrado en ellos reconvirtiendo su horizonte en bicromático de Nervión.


Foto de AFP.